Un amanecer desde Abantos que empezó en Chamartín
Primer tren, aire frío y una cafetería tempranera que salvó el ánimo. Subimos entre aromas de jaras y rocas cálidas al primer sol. En la cima, el monasterio parecía flotante. Bajamos sin prisa, charlando con un apicultor. Ese día aprendimos que los márgenes generosos y un frontal ligero hacen magia. Volvimos al andén con tiempo, felices, y con la certeza de que el tren también es parte del paisaje.